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  • Daniela Isabel Ortiz

La había escuchado maldecir, pero no morir. Todos los días, casi a la misma hora, había oído los reproches, a sí misma y a Dios, por haber tenido un hijo varón. Que me gustaría que hubieras sido mujer. Que me hubiera gustado. Que por qué no sos mujer. Que la mujer sí. Pero vos no.

Y ahora la voz se perdía en un horizonte negro. Volvía de a segundos en un hilo agónico que seguía como maldiciendo. Él la veía morir. Observaba cómo el prosélito aire no se animaba a retirarse del todo. Traicionero. Se acordó de la brisa primaveral, tan solícita afuera, tan engañosa adentro. La escuchaba morir. Era como los sonidos opacos de su niñez, cuando ella le arrojaba en sus brazos las muñecas de lana, y la lana cómplice hacía silencio ante la obligación de ser.

Finalmente, los arcos de la nariz se fueron aquietando. La voz se asfixió. Él tomó de nuevo la almohada e inició el rito final. Apretó hasta que solo quedó el aire de la habitación, hasta asegurarse de que ya no maldeciría. Porque el hombre no. Pero la mujer sí.

Se ajustó el vestido verde de su madre y se fue como vino, sin que ella lo deseara.

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