El despertador
- Daniela Isabel Ortiz

- 28 feb 2022
- 5 min de lectura
…esa parte de mí
He muerto un domingo a la medianoche. A las seis mi cuerpo estaba azul. Recuerdo que quise tocarlo, pero ya no podía. También quise levantar la carta que cayó debajo de la cama, pero tampoco. Me quedé mirando por la ventana toda la mañana, viendo el invierno en las calles, y las personas caminando rápido para volver a sus casas, para no sentir ese frío que, les han dicho, algún día sentirán para siempre.
A eso de las doce, un sol tímido iluminó la habitación donde nos hallábamos, porque el mediodía me encrudeció la dualidad. Me di vuelta y vi mi cuerpo amarillo, alargado. No quedaba un rastro de mí, todo estaba deformado. Volví entonces hacia la ventana, pero para mirar el cielo. Vi la llegada de nubes negras y luego las gotas golpeando el vidrio. Recuerdo que pensé que nunca había visto la lluvia. Si una tarde, tan solo una tarde, de las miles en las que una tormenta había azotado la ciudad, me hubiera sentado a ver la lluvia, tal vez habría entendido muchas cosas. Pero no. Solo me había dedicado a defenderme de esa agua que sentía como castigo, que arruinaba mis zapatos caros y ensuciaba mi auto. Que caía sobre mis ojos y me impedía ver, porque yo creía que veía.
Cerca de las tres de la tarde empezó a sonar mi teléfono. Varias llamadas. A todas me asomé, pero ninguna era de la persona que yo esperaba. Al celular no quise tocarlo, es más, no quería escucharlo. El último tiempo había vivido pendiente de ese sonido, interrumpiendo charlas, caricias y llantos por escuchar las voces de mis clientes, por cerrar negocios y asegurarme de que mi empresa creciera, era todo lo que me importaba.
A las diez de la noche, o un poco más, la policía forzó la puerta. Eran tres agentes guiados por un vecino. El del piso de arriba, con el que evitaba cruzarme porque me molestaba su acento extranjero y su tono afeminado. Se llamaba Pedro, creo que era colombiano, o algo así. Mientras los policías hacían su peritaje, Pedro se acercó a mi cuerpo y lo miró de arriba abajo. Lo vi sonreír por un instante, luego se volvió a los agentes para darles información sobre mí. Confirmé que él también me había evitado en los pasillos.
Finalmente, descolgaron mi cuerpo y se lo llevaron. Nadie vio la carta. No supe más nada de mí. De esa parte de mí.
…que se iba con el fuego
Esa noche llovió finito hasta la madrugada. Pensé que me daría sueño, pero desde entonces no he vuelto a dormir. Han pasado casi tres años desde la noche de mi muerte, y nunca me fui de acá. Lo único que hago es mirar por la ventana. Antes miraba la carta cada tanto, pero dejé de hacerlo. Últimamente solo me interesa ver el cielo y sus variaciones. A veces echo un ojo a la gente, pero me aburren.
Toda mi vida me pregunté si había un infierno porque estaba seguro que, de existir, sería mi lugar. Mi madre se ocupó con devoción de mi educación religiosa y desde niño tuve pesadillas en las que mi cuerpo ardía, y yo me veía arder, y a veces veía a mi padre entre las llamas, a veces era él el que me tiraba un fósforo encendido, a veces era Dios, a veces era yo mismo. Me despertaba con fiebre y el infierno continuaba en la vigilia. Mi madre rezaba con sus ojos morados y mi padre llegaba borracho todas las noches. Cuando cumplí doce años dejé mi casa, pero me llevé el fuego conmigo.
…tiene el don del tiempo
Me casé, tuve una hija. Dora se llama, o se llamaba. A los quince años se fue de casa. Era bulímica y había intentado suicidarse dos veces. Un año después se fue mi mujer. Quedé solo en este departamento, como lo estoy ahora. Me dediqué a hacer crecer mi empresa, acumulé una fortuna importante y no tuve un día de descanso. Sabía que si paraba iba a tener que pensar o recordar.
Una noche soñé con Dora. En esos días me habían hablado de ella, me habían contado algunas cosas de su vida. Se había casado y tenía dos hijos, decían. Era maestra y daba clase en una escuela rural. En el sueño ella reía en brazos de su mamá, luego gateaba y seguía riendo. Pero yo le pisaba los pies y ella lloraba buscando a su mamá. Luego ya era una adolescente, yo me acercaba pero ella me escupía. Salí de la pesadilla con fiebre. Esa semana empecé a sentir dolores en el pecho y la fiebre iba y venía. Cuando fui al médico, ya era tarde. Era un tumor maligno, el médico me aconsejó hacerme quimioterapia, pero también aceptó que era un caso terminal. Seis o siete meses de vida, me dijo. Y no lo vi más.
Dediqué los días siguientes a buscar a Dora. Los que me hablaron de ella se ocuparon de darme datos concretos. Así llegué a su casa, en un pueblito pegado a la montaña. La casa era de adobe, y tenía unos perros flacos que la protegían, y un jardín que seguramente ella cuidaba. Golpee las manos varias veces. Al rato salió mi yerno, quedé atónito con su aspecto. Conversando con él confirmé que Dora había buscado un hombre exactamente opuesto a mí.
Esperé a Dora en la puerta de la escuela. Salió rodeada de niños, reía y les acariciaba sus cabecitas. Era la misma risa del sueño, en brazos de su madre. Me sentí esperanzado. La seguí de cerca hasta su casa, que quedaba a dos cuadras. Entró y yo me quedé en la puerta sin saber qué hacer, me acordaba del sueño, de la escupida. Finalmente ella salió, seguida por sus hijas. Parecían gemelas, pero no pude verlas bien porque apenas se dio cuenta que era yo, Dora empujó a sus niñas hacia adentro y cerró la puerta rápidamente. Cuando se dio vuelta, vi su cara desfigurada.
– ¿Qué carajo hacés aquí?
No pude explicarle nada. Había pensado un largo discurso de arrepentimiento. Pero solo llegué a decirle que quería conocer a mis nietas porque me quedaba poco tiempo de vida. Su cara volvió a figurarse. No era ni la niña ni la maestra sonriente de la escuela. Era otra. Tenía ojos de muro. Yo no la conocía.
– Andate ya de mi casa. A mis hijas no las vas a tocar nunca.
Fue tan indeclinable su voz como el portazo que dio. Me quedé parado unos minutos. Me dolía el pecho. Y no era el tumor.
… algo que nunca tendré…
Ahora sigo mirando la ventana. Sé que han pasado tres años porque en mi mesa de luz hay un despertador eléctrico que marca la hora y la fecha. Pero ese ya no es mi tiempo. Mi tiempo es la espera, una espera estéril, peor que cualquier fuego eterno. Hubiera preferido arder.
Dora ha venido varias veces. Entiendo que quiere vender el departamento, porque cada tanto trae a alguien para que lo limpie. Se queda solo un ratito, se nota que quiere deshacerse de todo cuanto antes. Siempre es la misma Dora que conocí aquella tarde, entre los perros flacos, entre las flores, con sus ojos de muro.
La primera vez que vino, recorrió todo el departamento, como buscando una respuesta. Estaba seguro que llegaría a la habitación, que miraría debajo de la cama. Y lo hizo, pero no sacó la carta. Se fue casi corriendo y yo quería arder, llorar, lo que sea, lo que antes podía hacer con mi cuerpo, pero no, yo era esto, yo soy esto, esto que solo puede mirar, que está obligado a mirar lo que nunca va a llegar.
Esa primera vez que vino, Dora desconectó todos los artefactos eléctricos. Pero cuando llegó al despertador, lo dejó enchufado. Creo que algo en ella se vengaba, dejándome el tiempo de la vida para que yo lo vea eternamente, en este infierno de espera sin tiempo.

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