El loco olvidado
- Daniela Isabel Ortiz

- 3 ene 2023
- 4 min de lectura
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La última semana del 2022 terminé un taller sobre introducción al Tarot. Por fin pude hacer un espacio en mis días para el mundo de los arcanos y blanquear mi relación con ellos, como quien asume, en avanzada edad, un amor escondido pero no por ello menos real.
Se trató de sólo una introducción, pero no tuvo la liviandad de los inicios. Fue un viaje profundo, espeso, brillante a la vez, del que no puedo ni quiero volver. Sigo acá sentada y rodeada de mi gata que ronronea, de mi escritorio, mis lapiceras de colores y mi cotidianeidad más preciada, pero algo mío está al mismo tiempo en otro espacio, en otro tiempo: está en y con el Tarot, entre medio de sus sus Arcanos Mayores, especialmente los de Marsella, con ese misterio arcaico resumido, para mí, en la Rueda, la cual me persigue porque, evidentemente, este viaje tiene que ver con un pasado muy e inquietantemente lejano.
En este momento, como casi siempre, quisiera escribir sobre millones de cosas, pero he elegido una. O mejor, creo que ella me ha elegido a mí, pues estoy –de a poco, lentamente porque me cuesta mucho– aprendiendo a dejar que los temas, las cosas, las personas, la vida, me hablen, y no imponerme siempre, con tanta desesperación, sobre ellas (digo que creo que es así porque los asuntos de la escritura son misteriosos y por eso me fascinan tanto).
En cuanto al tema elegido, es el misterioso caso del Loco Olvidado. Es como una historia de fantasmas. Para poder entenderla pienso que tendría que ordenar un poco los hechos y después desordenarlos, o, mejor, mostrar luego otra composición del tiempo: el de los arcanos.
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El día que empezó el taller, la profe Meli abordó los Arcanos Mayores del movimiento, entre ellos el Loco, el primero, el iniciador de todo. Repartió, en pequeños papelitos, las preguntas que los arcanos estudiados nos hacían y yo quedé asombrada cuando leí que el Gran Nómade me interrogaba acerca de mis viajes, o mejor dicho, de mis no-viajes. Lo hacía justamente ese día, el sábado 3 de diciembre, cuando yo tendría que haber estado en Rodeo, compartiendo con mis runners amigues una carrera en la que elles participaban. Era un pequeño viaje que había deseado mucho pero que, por diversos motivos, no había podido concretar.
Sin embargo, la pregunta del Loco no me cuestionaba sólo eso. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que viajar se me había vuelto una especie de imposibilidad. A veces la piedra en el camino había sido el dinero, a veces el trabajo, pero combinados siempre con mi incapacidad para hacer un paréntesis y descansar. La última vez que había viajado fuera de la provincia había sido en 2019; había ido a exponer a un congreso de Literatura y Política en La Pampa. En ese entonces, no sabía que había ingresado en un lapso de impensable sedentarismo para quien siempre se había definido como una pata e' perro.
Recuerdo que en enero de 2020 hice el amago de un viaje. Llegué a comprar los pasajes para el Bolsón, donde haría un voluntariado en una granja ecológica, pero mi perro Baco se enfermó y no pude irme. (Tiempo después el viejo gruñón murió y, como nunca nos llevamos bien, yo le guardaba cierto resentimiento: me había inoportunado el viaje que, desde el clima apocalíptico de la pandemia, parecía haber sido mi última oportunidad en la vida; pero luego le agradecí, porque pude vislumbrar que lo inoportuno era que yo viajara cuando mi salud me pedía otra cosa). En la primavera de 2020, luego de que saliéramos de las primeras fases de aislamiento y sus restricciones, hice un pequeño viaje en auto dentro de la provincia. Fuimos a Barreal un fin de semana con dos amigas. Parecía que todo volvía a la normalidad y que se inauguraba una nueva etapa, pero aún faltaba 2021, el cual fue, desde mi punto de vista, mucho más rudo que el año anterior. En 2022 intenté, en vano, viajar a la Patagonia en vacaciones y a Jujuy en octubre. Nada sucedió. En diciembre, cuando el Loco me increpaba con su pregunta, se cumplían tres años y medio de la última vez que yo había salido de la provincia. Algo adentro mío se lamentaba profundamente como quien, además del pesar, sufre la angustia de presentir una causa y no conocerla. Siempre que los viajes no se concretaban, yo encontraba una justificación pero esas razones también me eran insuficientes. Había otra cosa. Aunque aquí esbozo una historia, no sé aún bien qué es, pero de eso se trata todo, finalmente.
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Durante el cursado del taller me ocurrió la idea de un viaje a Córdoba en enero de 2023. Se me armó como un rompecabezas, pero al inicio yo solo tenía una pieza: quería salir de la provincia. Las demás piezas llegaron de a poco (y siguen llegando y llegarán, pues los viajes no terminan al regresar a casa).
La última semana del taller mi viaje ya estaba definido. Por esos días encontré un libro que había olvidado que tenía (me compro muchos, de ahí el olvido): Jung y el tarot, de Sallie Nichols. Fui en su busca y oh, sorpresa, resultó que la carta del Loco estaba en el libro, como señalador. Miré la fecha de la compra: octubre de 2020. Todo este tiempo, el Loco había estado allí y no en el mazo. Yo lo había exiliado. Había sacado de mi vida cualquier tipo de riesgo, de aventura que me sacara de mi estable mundo del recto calendario. Había sacado mucho más también, había sacado, quizá, el Gran Viaje de mi alma trabajólica pero inquieta, con sus curvas y contracurvas, con sus parajes e infinitos desvíos. Había sacado algo que no sé bien qué es, pero, como dije, de eso se trata todo, finalmente.



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