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  • Daniela Isabel Ortiz

El fin de semana pasado hice un taller sobre el lenguaje de las plantas y sus bondades, una introducción a los preparados herbales y sus usos cotidianos que dio la hermosa Tamara Tello.

Allí llegué yo, con mi ignorancia sobre el mundo herbal y con una carga emotiva importante, pues habiendo tenido una mamá jardinera, amante de las flores, yo no puedo, o no podía, conectarme con ese mundo tan constante y sutil. O, dicho de otra manera, soy de las personas a las que se le mueren los cactus.

Pero llegué hasta ahí, porque tarde o temprano tenía que desatar ese nudo. Conectar con el mundo vegetal es una manera -una de las tantas- de sanar el linaje materno, ahora lo sé (y antes también, pero hay saberes que no pasan por el intelecto o la claridad, sino que son un fango oscuro, borroso a veces, que nos persigue no a modo de pesadilla sino de sueño, en el sentido onírico de deseo).

Cuando, en medio de la clase, le pregunté a Tami cómo había adquirido sus amplios conocimientos sobre las hierbas, respondió que todo se lo habían enseñado su mamá y su abuela, pues se trata de un hacer cotidiano que se transmite de generación en generación. Yo me maravillé. Y reforcé no solo la importancia de mantener y recuperar esos saberes ancestrales sino también de observar eso en mi familia*. Recordé cuánto me dejaron mis padres, desde el amor por la lectura, hasta la fascinación por los michis o el gusto por la costura. Pero también hilvané una serie sutil de gestos y palabras que, aunque compartidos por la comunidad, tienen el sabor de la leche y la lengua materna. Una serie tan íntima como el árbol que custodia el fondo de casa.

Y por ahí empecé. Desde el primer día del taller, no he dejado de detenerme a observar los árboles que me rodean. Toco sus hojas, los huelo, les hablo, trato de aprender a escucharlos. Pero sobre todo, los miro. Es que nunca lo había hecho, solo había paseado mis ojos por ahí, distraída, obviando sus presencias. Estaban ahí. Todo el tiempo. Desde el más alto al más pequeño, desde el más frondozo al más seco, desde el más antiguo hasta el recién plantado.

Antes, mi encuentro con lo antiguo era en la montaña o cuando, en las calles de mi ciudad, o de otras, un perrito o un gatito llegaba a mí moviendo su cola o frotándose, como dándome la bienvenida, como recordándome de dónde vengo, como indicando el camino.

Ahora se han sumado aquellos, con su colorido, con su movimiento quieto, con su silencio de abuelos. Esos seres estaban ahí, pero yo no. Muchas veces he estado en otras partes, y sigo haciéndolo, porque la tentación de no ser es constante y tenaz. Pero ahora, hay una multitud tironéandome suavemente de la manga para que no desista de la maravilla.

Estaban ahí. Están por todas partes. Y el rompecabezas sigue armándose.


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*Y más en estos días, en los que la hermana de mi mamá, mi madrina, otra forma de mamá, está entrando en la etapa más grave del Alzheimer, una enfermedad parecida a la que azotó a mi padre, y que sé cuanto está sufriendo su hija. Pero también sé que esas mujeres, como mi mamá y mi tía, dejan mucho más que el recuerdo de las enfermedades que entristecieron a sus seres queridos, y que mi prima Raquel podrá, en esta u otra vida, refundarse en una nueva relación con el amor materno, a través de una plantita, el sabor de una comida o en una elección de vida.


Fotografía: Florencia Vázquez





  • Daniela Isabel Ortiz

Sucedió. Escribí con el cuerpo. Pero fue de la manera literal: no la incumbencia del cuerpo al momento de escribir, que es de lo que se trata Cuerpescritura en general, sino el cuerpo moviéndose y escribiendo al mismo tiempo.

Sucedió, digo, durante la clase de "Danza en entornos naturales" que guio Alejandra Valdez en el marco de Soma, un encuentro de prácticas somáticas que se hizo en Bariloche el fin de semana pasado. Luego de cuatro clases de otras somáticas (BMC, Alexander, Eutonía y Feldenkrais) en las que trabajamos diversos aspectos propio e interoceptivos, fuimos invitades a compartir unas horas de danza en un espacio al aire libre, al lado del Lago Moreno.

Allí, en medio de la arboleda típica de la Patagonia, poco a poco fuimos conducides a una danza en armonía con la naturaleza que nos rodeaba. Ale nos invitó a bailar con los Más Que Humanos, es decir, todo aquello que nos supera no en calidad sino en cantidad. Los Más Que Humanos son más que nosotres porque están desde hace mucho, mucho antes (y por ello, deberían ser parte del centro en el que, arrogantes, nos hemos colocado sólo para justificar cada depredación). Los Más Que Humanos son los animales, las plantas, la tierra, el aire y todos esos elementos y mundos que nos anteceden y nos sostienen. Entre medio de ello, estaban abiertos todos nuestros sentidos (que son cientos, no cinco): a lo grande y lo pequeño, a la inmensidad y al detalle. Cada une del grupo fue liberando así su propia danza, tantos siglos encerrada en cuerpos coaptados por el ego.

En esa liberación estaba cuando Ale se acercó y me dio al oído una consigna particular (yo le había comentado al grupo que estaba ahí debido a la escritura somática): me invitó a que escribiera mientras danzaba y que lo hiciera de forma directa (entendí con ello que no buscara una ramita a modo de lápiz, sino que escribiera con el cuerpo mismo). Momentos antes de que Ale se acercara, yo había entrado en un proceso difícil, en el que me dolía el cuerpo y la cabeza al mismo tiempo que recibía en mí unos movimientos y unos seres que no sabía que me habitaban. Me sentía parte del entorno y a la vez extraña, y la sensación incómoda se concentraba en las articulaciones y la jaqueca que comenzaba a instalarse. Pero cuando Ale se acercó y me indicó el camino, mi cuerpo se dio una tregua y aceptó el desafío, pues tal vez sabía que algo grande se avecinaba. Fue así que me descalcé, me quité zapatos y medias, y empecé, por primera y sagrada vez en mi vida, a escribir con el cuerpo que baila. Una danzaescritura.

No voy a escribir mucho sobre ese cuerpo danzante ni sobre su escritura, porque ha querido la vida, junto con Ale, que haya un registro que habla mejor de ello, que es la foto que acompaña este texto. Pero también porque Cuerpescritura es, principalmente, escribir desde el cuerpo. Escribir sobre el cuerpo es relativamente fácil, el lenguaje se presta dócil y arteramente a toda experiencia que separe al cuerpo del escribiente, al objeto del sujeto. Escribir desde el cuerpo, por el contrario, no es fácil. Llevamos siglos de dura escisión entre cuerpo y mente, de separación de aquello que, solo para quienes no son Más Que Humanos, se percibe como opuesto.

Sí quiero intentar traer a las letras, al humilde renglón, dos momentos de esa experiencia. La primera se refiere al instante en que caminé con mis pies sobre las líneas que mis dedos habían dejado: estaba volviendo sobre mis huellas, pero no la de mis pies, sino la de mis manos. Por momentos había dejado la bipedez y me había trasladado, apenas siquiera, con las cuatro extremidades (algún Más Que Humano se había apropiado de mí, de una manera gentil, y quiero soñar que era un alma felina). En la fotografía, mi huella digital, a modo de escritura, se percibe como estrías sobre la tierra. La sensación, por otro lado, fue de total extrañeza al mismo tiempo que de una familiaridad animal, la misma que siento con mis gatitos y mis perritos cotidianos.

El segundo momento fue cuando advertí que me había quitado el calzado (en la foto se ven mis botas y mis medias a un costado de la escritura sobre tierra, como si Ale hubiera focalizado en aquello que más me hizo vibrar). No solo fue la alegría de poder andar desnuda de pies (me cuesta mucho no vestirlos, me cuesta confiar en la tierra), sino que, en determinado instante yo estaba jugando con los dedos de mis pies que tomaban una pequeña raíz desprendida del suelo, con una florcita silvestre en su otro extremo. No hay foto de esta imagen que describo, como no las hay de tantas otras maravillas de las que fui testiga a lo largo de mi vida y que constituyen ese patrimonio de lo invisible, lo olvidado y supuestamente ignorado, pero que conforma el barro inconsciente que nos mantiene vitales.

Aquella tarde en Bariloche no pude quedarme al final del encuentro porque el dolor de cabeza no me lo permitió. Cuando llegué a San Juan le escribí a Ale para agradecerle su ayuda y ella me envió la fotografía que adjunto aquí. Me emocioné al verla. También le expliqué a Ale la importancia de ese gran paso que me ayudó a dar. Es que hace un par de años, cuando comencé a crear e imaginar todo este gran sueño que es Cuerpescritura, yo andaba tomando clases de danza y le comenté a una escritora amiga que, en última instancia, ese proyecto se trataba de escribir mientras danzabas. Ella se rio, recuerdo, y me dijo: "Está difícil". Yo me reí también, pero solo por fuera, porque por adentro algo se entristecía, se cerraba y se limitaba pensando que lo difícil es imposible, una creencia que muchas veces me ha detenido, me ha bloqueado. Aquella tarde a orillas del Lago Moreno, entre los Más Que Humanos patagónicos y sempiternos, sin embargo, algo se desbloqueó y pude, nuevamente, soñar con cuerpescrituras profundamente literales, eventos en los que los cuerpos se mueven y escriben, escriben MIENTRAS se mueven. Va a suceder porque, como dicen por ahí, lo imposible sólo tarda un poco más.


  • Daniela Isabel Ortiz

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La última semana del 2022 terminé un taller sobre introducción al Tarot. Por fin pude hacer un espacio en mis días para el mundo de los arcanos y blanquear mi relación con ellos, como quien asume, en avanzada edad, un amor escondido pero no por ello menos real.

Se trató de sólo una introducción, pero no tuvo la liviandad de los inicios. Fue un viaje profundo, espeso, brillante a la vez, del que no puedo ni quiero volver. Sigo acá sentada y rodeada de mi gata que ronronea, de mi escritorio, mis lapiceras de colores y mi cotidianeidad más preciada, pero algo mío está al mismo tiempo en otro espacio, en otro tiempo: está en y con el Tarot, entre medio de sus sus Arcanos Mayores, especialmente los de Marsella, con ese misterio arcaico resumido, para mí, en la Rueda, la cual me persigue porque, evidentemente, este viaje tiene que ver con un pasado muy e inquietantemente lejano.

En este momento, como casi siempre, quisiera escribir sobre millones de cosas, pero he elegido una. O mejor, creo que ella me ha elegido a mí, pues estoy –de a poco, lentamente porque me cuesta mucho– aprendiendo a dejar que los temas, las cosas, las personas, la vida, me hablen, y no imponerme siempre, con tanta desesperación, sobre ellas (digo que creo que es así porque los asuntos de la escritura son misteriosos y por eso me fascinan tanto).

En cuanto al tema elegido, es el misterioso caso del Loco Olvidado. Es como una historia de fantasmas. Para poder entenderla pienso que tendría que ordenar un poco los hechos y después desordenarlos, o, mejor, mostrar luego otra composición del tiempo: el de los arcanos.


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El día que empezó el taller, la profe Meli abordó los Arcanos Mayores del movimiento, entre ellos el Loco, el primero, el iniciador de todo. Repartió, en pequeños papelitos, las preguntas que los arcanos estudiados nos hacían y yo quedé asombrada cuando leí que el Gran Nómade me interrogaba acerca de mis viajes, o mejor dicho, de mis no-viajes. Lo hacía justamente ese día, el sábado 3 de diciembre, cuando yo tendría que haber estado en Rodeo, compartiendo con mis runners amigues una carrera en la que elles participaban. Era un pequeño viaje que había deseado mucho pero que, por diversos motivos, no había podido concretar.

Sin embargo, la pregunta del Loco no me cuestionaba sólo eso. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que viajar se me había vuelto una especie de imposibilidad. A veces la piedra en el camino había sido el dinero, a veces el trabajo, pero combinados siempre con mi incapacidad para hacer un paréntesis y descansar. La última vez que había viajado fuera de la provincia había sido en 2019; había ido a exponer a un congreso de Literatura y Política en La Pampa. En ese entonces, no sabía que había ingresado en un lapso de impensable sedentarismo para quien siempre se había definido como una pata e' perro.

Recuerdo que en enero de 2020 hice el amago de un viaje. Llegué a comprar los pasajes para el Bolsón, donde haría un voluntariado en una granja ecológica, pero mi perro Baco se enfermó y no pude irme. (Tiempo después el viejo gruñón murió y, como nunca nos llevamos bien, yo le guardaba cierto resentimiento: me había inoportunado el viaje que, desde el clima apocalíptico de la pandemia, parecía haber sido mi última oportunidad en la vida; pero luego le agradecí, porque pude vislumbrar que lo inoportuno era que yo viajara cuando mi salud me pedía otra cosa). En la primavera de 2020, luego de que saliéramos de las primeras fases de aislamiento y sus restricciones, hice un pequeño viaje en auto dentro de la provincia. Fuimos a Barreal un fin de semana con dos amigas. Parecía que todo volvía a la normalidad y que se inauguraba una nueva etapa, pero aún faltaba 2021, el cual fue, desde mi punto de vista, mucho más rudo que el año anterior. En 2022 intenté, en vano, viajar a la Patagonia en vacaciones y a Jujuy en octubre. Nada sucedió. En diciembre, cuando el Loco me increpaba con su pregunta, se cumplían tres años y medio de la última vez que yo había salido de la provincia. Algo adentro mío se lamentaba profundamente como quien, además del pesar, sufre la angustia de presentir una causa y no conocerla. Siempre que los viajes no se concretaban, yo encontraba una justificación pero esas razones también me eran insuficientes. Había otra cosa. Aunque aquí esbozo una historia, no sé aún bien qué es, pero de eso se trata todo, finalmente.


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Durante el cursado del taller me ocurrió la idea de un viaje a Córdoba en enero de 2023. Se me armó como un rompecabezas, pero al inicio yo solo tenía una pieza: quería salir de la provincia. Las demás piezas llegaron de a poco (y siguen llegando y llegarán, pues los viajes no terminan al regresar a casa).

La última semana del taller mi viaje ya estaba definido. Por esos días encontré un libro que había olvidado que tenía (me compro muchos, de ahí el olvido): Jung y el tarot, de Sallie Nichols. Fui en su busca y oh, sorpresa, resultó que la carta del Loco estaba en el libro, como señalador. Miré la fecha de la compra: octubre de 2020. Todo este tiempo, el Loco había estado allí y no en el mazo. Yo lo había exiliado. Había sacado de mi vida cualquier tipo de riesgo, de aventura que me sacara de mi estable mundo del recto calendario. Había sacado mucho más también, había sacado, quizá, el Gran Viaje de mi alma trabajólica pero inquieta, con sus curvas y contracurvas, con sus parajes e infinitos desvíos. Había sacado algo que no sé bien qué es, pero, como dije, de eso se trata todo, finalmente.





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