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  • Daniela Isabel Ortiz

Compañera Tarot ha devenido en @tarotyescritura, un camino donde las cartas se unen al escribir, donde me acompaña ese sanador y corpóreo movimiento de la mano que se desliza sobre el papel.

Se está por cumplir un año desde que empecé este viaje con los Arcanos. En diciembre de 2022 hice el taller de @nomadatarot, y desde entonces no hubo un día en que dejara de estudiar, pensar, sentir, la presencia de estos antiguos mensajeros en mi cotidianeidad y la de las personas que me han consultado.

Y cada vez que hecho las cartas, escribo. Escribo para aprender los significados, para reflexionar, para comprender, para verme a mí y mi entorno en los diseños que trazan los naipes. Un diseño que me es cada día un poco más claro, no porque la tarot lo sea, sino porque es espejo de un proceso de clarificación en la comunicación con los diversos niveles de la existencia. La tarot no pretende ser clara, en el fondo siento que se regodea en su ambigüedad. Pero está bien, es espejo de la vida, pura contradicción y enmarañamiento, pero también miguitas en los senderos.

Me celebro este otro nacimiento, uno de tantos. Ojalá pueda ayudar a otres a tener más perspectivas, porque también de eso se trata.

He puesto a un gatito en el logo. Siempre trato de aunar todo lo que amo en la vida. En este caso a los gatos, esos viejos conocedores de la magia.




  • Daniela Isabel Ortiz

Cada cierto tiempo cambio la carta del Osho Zen Tarot que, desde un portarretrato, acompaña silenciosa y viva, mis horas, mis tantas horas, en la mesa de casa donde trabajo.


Quise, digo, cambiar, porque algo en mí consideraba que la imagen del salto al vacío, la confianza de hacerlo, había dejado de impelirme. Pero la carta que salió fue Totalidad, otra imagen de vacío, esta vez la de dos trapecistas que, gracias a la inmersión total en el presente, pueden unir sus manos y no ser devorados por la caída.


Estuve maravillada un rato, observando toda esa nada bajo los pies. Recordé cuánto me costó lograr, alguna vez, nadar unos metros en la pileta olímpica del Palomar venciendo así mi pánico al agua, y cuánto rechazo, incluso amando la montaña, me provoca la idea de hacer escalada porque no soportaría el abismo bajo mis pies. Recordé que de todos modos nunca pude flotar, que la nada acuática es todavía más amenazante.


Me pregunto, ahora, aquí escribiendo junto a mi gata que duerme plácida sobre la mesa que soporta firme su sueño y los míos, si cuando estuve en el útero de mi madre podía hacer pie. Supongo que no, supongo que la dicha amniótica se trataba de eso también.


En estos momentos de escritura siento la Totalidad, que no hay nada más que el contacto de las yemas de mis dedos con el teclado, que mi mente está, como en el 9 de Oros, al servicio de mi alma. También siento mis pies apoyados en el cerámico que me separa en el fondo levemente de la tierra. Pienso en esta dicha, la de estar unida por una ley a una superficie que me atrajo cuando nací, a través de los brazos de no sé quién. Esa seguridad que me impele a ver qué pasa si no hay seguridad. Las esfinges de mi arcano de nacimiento, el Carro, que me miran burlonas a veces porque en el fondo nunca sé cómo integrarlas, y por eso juegan un poco conmigo a través de las cartas.


Recuerdo el libro de Watts. El miedo a la incertidumbre es miedo a la vida, ese gran abismo con redes invisibles.




  • Daniela Isabel Ortiz

Una vez me salió la Luna como mi talento oculto. En ese momento pensé que se refería a la noche oscura que vivió mi alma. Pero no creí que ese fuera un talento. Más bien podría ser la Fuerza, porque salí de allí.


Ayer, en el medio de una danza propuesta por la guía de Teatro terapéutico gestáltico, nos pidieron que buscáramos un movimiento extraño, que cruzáramos ese borde que no queremos tocar. Me puse a bailar con mi pelo hasta volverlo loco y terminar aleonada, muy lejos de la planchita, la toca y todos esos artificios que van en contra de la mujer salvaje. En esa danza de rulos se me presentó la Luna, la de aquella lectura, con la fuerza con que se presentan las epifanías en esos movimientos cuasi chamánicos.


Mi talento oculto. Mi pelo loco. La locura. Esa locura, esa a la que le temo y que me sigue los pies. Esa a la que amo.


No sé si he llegado al significado de esta carta en aquella lectura, la Luna es demasiado profunda como para alegrarse con estos chapoteos. Pero ahí está, acompañando este camino con sus luces y sus sombras. Completa y de a pedazos.




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