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  • Daniela Isabel Ortiz

El sábado 20 de enero fue un día muy importante para mí; ciertas imágenes, sensaciones e intuiciones confirmadas van a quedar en mi memoria para siempre.

El sábado 20 de enero tomé, a lo largo del día, dos clases de perfeccionamiento para biodanzantes. En la noche, estuve participando en una actividad de escritores en el marco del Festival Amigxs por la Cultura, que se realizó en la plaza de Villa Krause, villa cabecera de mi querido Rawson. Fue, así, un día en el que se aunaron, intensamente, dos mundos que, durante mucho tiempo, y de una manera errónea, he percibido como antagonistas, irreconciliables: la cosa pública y la cosa espiritual.

(Digo que la separación antinómica es errónea porque es epocal. Los chamanes de los pueblos originarios no eran monjes solitarios como los del cristianismo, sino que, integrados plenamente en sus pueblos, se comunicaban con los espíritus para corregir los errores de su comunidad. Hombres-puente, nada está separado. Y digo que la separación antinómica es errónea porque el 20 había un elemento en común: los cuerpos dedicados por entero a la presencia, a la contingencia).

El 20 de enero se me humedecieron los ojos en dos momentos: primero, durante una danza-nido, en el que quedamos unides como humanidad; luego, cuando vi la mirada desconfiada pero curiosa de una niña vestida con su camiseta de San Martín y abrazada a su madre, porque la incitábamos a percutir una máquina de escribir, un objeto fuera de su cotidianeidad. Antes, en la clase cerrada de biodanza, después, en la plaza pública, algo en mí sabía que estaba ocurriendo, de a poco, la integración de los opuestos representados por las separadas esfinges de mi arcano de nacimiento, el Carro. Mi arcano del año, la Templanza, me pide que no tenga miedo de mezclar, de mezclarme, de perderme en algo nuevo.

El día 20 de enero finalizó pero no su intensidad. Hasta las 3 de la mañana estuvimos bailando cuarteto y cumbia en la calle, en una pequeña fiesta tan espontánea y como agradecida de que hayamos elegido a uno de los departamentos más populares, y denostado por lo mismo, de San Juan.



Cada vez que cortan el pasto en casa, se me renuevan las esperanzas. Volverá a crecer, en dos semanas o menos tendré que pagar de nuevo y el precio habrá subido mucho por la inflación. Pero a mí se me renuevan las esperanzas.

Cada vez que cortan el pasto en casa recuerdo a mi papá y cuánto le costó llegar a tener esta casa, cuán duro le habrá sido construirla de día porque de noche trabajaba como sereno. Y quiero creer que ese inmenso fondo que me ha sido legado es una de las tantas maneras en que seguimos haciendo las paces.

Cada vez que cortan el pasto, mis perritos corren como locos a asustar a los insolentes pajaritos que pican algo entre las plantas que quedaron de la huerta. Mis pichis espantan a los usurpadores como verdaderos terratenientes, pero no pretenden alcanzarlos porque saben que, en el fondo, la tierra es de todxs.

Cada vez que cortan el pasto quiero invitar a mucha gente a que se reúnan aquí por causas nobles, especialmente, la noble y necesaria tarea de no hacer nada.

Cada vez que cortan el pasto, asoma de nuevo la flor del pájaro de mi mamá. Fue la única planta que la sobrevivió, a la que transplanté para salvarla de mis fieras, la que mi mamá robó en la casa de una vecina porque también, en el fondo, algo muy antiguo en ella le decía que todo es de todxs.



  • Daniela Isabel Ortiz

El domingo 14 de enero salí temprano a correr y me encontré tirado a la orilla, mirándome fijo, un sugerente tres de bastos de la baraja española.

Hace un tiempo tuve una desavenencia grande con los arcanos, una que parecía acabar en divorcio. Pero luego nos reconciliamos porque la que debía cambiar su percepción (de todo) era yo. Las cartas son una proyección de mi interno y, mientras más cristalina esté esa agua interior, más lo será el mensaje de esas figuras arquetípicas.

Leo la descripción del tres de bastos de la baraja española que me mandó mi amiga tarotista Meli y se me iluminan los ojos. La voluntad, esa fuerza que me abandonó a fin de año con tanto dolor por las elecciones y por un cansancio que en mí es histórico, parece querer volver a acompañarme. La tarot me estuvo preparando, en verdad: en dos lecturas de esta semana salieron los dos de bastos en el tarot Rider y el Osho Zen Tarot, respectivamente. Observa las posibilidades, me dijeron. Así hice, observé. Escribí un texto sobre mi Sol en Piscis llegando a los 80 y haciendo lo único que me da paz entre medio de tanta y extrema sensibilidad con la que he nacido: observar. Observar para comprender aunque sea un poco de esa de totalidad a la que quizá nunca pueda acceder.

Y ahora este tres, esta invitación a la acción y la expansión, justo en este momento. Es enero y sólo tengo ganas de estar tirada en mi cama escuchando música con el aire en 16, o tomando un vermuth con excelsas compañías. Pero algo en mí está mirando el horizonte porque las barcas ya han salido. Queda esperar noticias de los viajeros y saber que la fuerza también está en no-hacer.



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